Las lágrimas me empezaron a salir sin ruido. Emma me agarró un dedo.
“Hay más”, dijo Fernanda y me enseñó su celular. Era una carpeta en Google Drive que Mauricio había dejado abierta en la compu que compartíamos. Había fotos mías dormida. Conversaciones mías con mi mamá reenviadas. Capturas de mi ubicación en tiempo real de los últimos cuatro meses. Y un audio donde Mauricio le decía a Renata: “Ya casi. En cuanto me dé la custodia por incapacidad materna, vendemos la Roma y nos vamos a Querétaro. Ya le dije al psiquiatra que me haga el diagnóstico de depresión posparto grave.”
No era solo una infidelidad. Era un plan.
Durante meses me había hecho sentir que yo era la que estaba mal. Que yo exageraba, que yo era una mala madre por no poder sola, que yo gastaba mucho, que yo lo provocaba. Me había aislado. Me había hecho creer que sin él no podía ni con mis propios hijos. Y mientras yo sobrevivía con fiebre y pañales, él estaba armando los papeles para quitarme todo: mi casa, mi tranquilidad y a mis bebés.