“Camila, eso es lo que hacen las madres.”
Y se fue. Dejando el olor a su loción cara en el pasillo.
Ahora eran las 11:47 y yo seguía exactamente en el mismo lugar, pero con una foto que hacía que cada desvelada, cada “es trabajo”, cada llegada tarde de los últimos meses se acomodara como un rompecabezas asqueroso y clarísimo.
Guardé la imagen. Le tomé captura al chat. Después acosté a Mateo con muchísimo cuidado, revisé a Emma y volví a llamar al servicio nocturno de la pediatra. Las preguntas de la enfermera me obligaron a respirar: temperatura, tomas, pañales, líquidos.
Cuando colgué, fui al clóset del recibidor por una manta limpia y vi una cajita azul escondida detrás de las bolsas del súper.
Era de la joyería de Antara. Por un segundo estúpido, de verdad pensé que Mauricio me había comprado algo para Nochebuena.