La abrí. Un collar de perlas con tres diamantes chiquitos.
La tarjetita escrita a mano decía: “Para Renata. Valió la pena esperar.”
Hace una semana Mauricio me hizo un pancho por mil ochocientos pesos de más en el súper. Casi todo era fórmula y pañales. Me hizo abrir el ticket en el celular y justificarle cada cosa mientras nuestra cena se enfriaba.
Fotografié el collar. Lo dejé exactamente como estaba. No le marqué a Mauricio. Le marqué a mi mamá.
“¿Camila?” Su voz sonaba dormida.
Abrí la boca y no me salió nada. Durante meses había cancelado comidas, rechazado visitas y repetido que todo estaba bien.
“¿Qué pasó, hija?”
Emma empezó a llorar otra vez.
“Mamá, necesito ayuda con los niños.”
Hubo un silencio cortito.
“¿Quieres que vaya?”
En ese instante apareció el nombre de Mauricio en mi pantalla. Había visto que me había enviado la foto.