No contesté. Llegó un mensaje: “Foto equivocada.” Otro: “No es lo que parece.” Otro: “Contesta.”
Me miré la muñeca. Todavía tenía la marca tenue de dos noches antes, cuando quise tomar su celular porque apareció el nombre de Renata y él me apretó hasta que lo solté. Luego me preparó un té y me dijo que yo sabía perfectamente cómo provocarlo.
Sonó otro mensaje. “¿Por qué desactivaste tu ubicación?”
Sentí un escalofrío helado.
“Actívala. Ahora.”
Y por primera vez esa noche entendí que no solo tenía que decidir qué hacer con mi matrimonio. Tenía que decidir si todavía necesitaba permiso para salir de mi propia casa.
Le dije a mi mamá que sí, que viniera, y colgué. Desactivé el wifi para que dejaran de entrar sus mensajes y me encerré en la recámara con mis dos bebés. Les canté bajito aunque me temblaba la voz.