Mi mamá llegó a la una y cuarto de la mañana, en pants, con el cabello recogido a la carrera. Vive en la Narvarte y tomó un taxi que le cobró el triple por ser Nochebuena. No preguntó nada. Solo entró, me abrazó y cargó a Mateo que seguía ardiendo.
“Están hirviendo”, susurró.
Entre las dos les bajamos la fiebre, les dimos su medicina, les cambiamos la ropita sudada. A las tres de la mañana por fin se quedaron dormidos, uno en cada brazo de mi mamá, en nuestra cama.
Fue entonces que me levanté. Fui al recibidor, saqué la cajita azul, la abrí y puse mi anillo de matrimonio justo al lado del collar de perlas. Busqué un post-it amarillo en la cocina y escribí con la mano temblando: “Debiste volver a casa.”
Dejé la caja en el mismo lugar donde la había encontrado. Metí en dos pañaleras lo indispensable: pañales, fórmula, dos cambios de ropa para cada uno, sus cartillas de vacunación. No me llevé nada mío. Solo mi INE y mi celular.