Nos fuimos de puntitas. Mi mamá cargaba a Emma, yo a Mateo. Dejamos el árbol prendido.
A las siete de la mañana, ya en casa de mi mamá, con los niños dormidos en su cama matrimonial y el olor a café de olla, mi celular explotó. Veintitrés llamadas perdidas de Mauricio. Audios. Mensajes.
“¿Dónde estás? ¿Te llevaste a mis hijos?”
“Borra esa foto, Camila, no sabes el daño que puedes hacer.”
“Regresa a la casa. Ahora. Hablamos como adultos.”
Y el último, a las 6:55: “Ya voy para allá. No hagas una estupidez.”
Mi mamá me quitó el celular de la mano.
“No le contestes. Que venga si quiere, aquí estoy yo.”
Mauricio llegó a las ocho y media, sin traje, con la misma ropa de la noche anterior. Mi mamá no lo dejó pasar de la sala. Yo me quedé en la puerta de la recámara para que no despertara a los bebés.