A las 3:12 de la madrugada estaba vendada de pies a cabeza en la UCI cuando la amante de mi esposo entró y sonrió: “¿Todavía sigues viva?”. Tenía tres costillas fracturadas y apenas podía respirar, pero no grité. Solo la miré en silencio. Horas después, mi esposo llegó con 5 millones y una condición relacionada con nuestro hijo que convirtió aquella golpiza en algo todavía peor.

Leyó el convenio en silencio.

Luego me miró.

—¿Así termina todo?

—Terminó aquella noche cuando mandaste a esos hombres a mi recámara.

Bajó la vista.

—Cometí el peor error de mi vida.

—No fue un error, Alejandro. Un error es equivocarse de salida en Periférico. Tú tomaste decisiones. Una después de otra.

Sus ojos se humedecieron.

—Sí te amé.

Por alguna razón, esas tres palabras ya no dolieron.

—¿Sabes cuál es el problema? —pregunté—. Que tú llamas amor a cosas que no lo son.

Se quedó mirándome.

—El amor no rompe tres costillas. No amenaza con quitar un hijo. No humilla. No aísla. No necesita que una mujer se quede callada para considerarla buena esposa.

Alejandro comenzó a llorar.

Era la primera vez que lo veía hacerlo.

—Perdóname.

—Acepto tu disculpa.

Levantó la mirada con esperanza.

—Pero no te perdono.

Su expresión se derrumbó.

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