Más tarde, después de clases, Nico me miró muy serio.
—Cami… ¿tú me querrías?
Lo pensé un momento.
—Quizá te quiera.
—¿De verdad?
De pronto me di cuenta de que había entrado en un asunto muy serio.
—Quizá. Pero primero tenemos que ir al baile de graduación.
—¿Qué es eso?
—Un baile.
—Ya tenemos bailes.
—No. El baile de graduación es cuando ya casi somos grandes.
—Ah. —Extendió el meñique—. ¿Prometes?
Enganché mi dedo con el suyo.
—Prometo.
Yo lo olvidé antes de la cena. Nico no.
Doce años después
Doce años es mucho tiempo para que alguien recuerde una promesa. Yo ni siquiera estaba segura de que Nico fuera a pedirme que lo acompañara.
Una tarde de febrero me encontró junto a mi casillero.
—Cami. ¿Te acuerdas de primero?
Fingí pensar.
—No.
Se le cayó la cara.
—¿De verdad?