También empezó a insistir en que necesitábamos reorganizar nuestras cuentas.
—Si voy a estar fuera tanto tiempo, lo mejor sería que yo pudiera manejar las inversiones desde Londres —me explicó.
Me pidió que firmara algunos documentos.
Eran autorizaciones bancarias y papeles relacionados con la empresa.
Yo estaba acostumbrada a revisar contratos, así que le dije que los leería con calma.
Su reacción me sorprendió.
—Claudia, ¿de verdad necesitas revisar todo lo que te doy? Soy tu esposo.
—Precisamente porque somos esposos, no debería molestarte que los lea.
No discutimos más.
Pero aquella noche noté que estaba irritado.
Al día siguiente comenzó a tratarme con una amabilidad exagerada.
Me llevó flores.
Preparó la cena.
Me dijo que no sabía qué haría sin mí.
Ahora comprendo que no era ternura.
Era una manera de conseguir que bajara la guardia.
La maleta que lo cambió todo