Era una copia de una solicitud de transferencia internacional.
Reconocí inmediatamente el nombre de nuestra empresa.
También reconocí el importe.
Ciento ochenta mil dólares.
Era prácticamente todo el dinero que habíamos acumulado durante años para mantener el negocio y afrontar nuestros compromisos.
El documento incluía una cuenta bancaria extranjera como destino.
Y una fecha programada.
El día siguiente a la partida de Julián.
En ese momento comprendí por qué había insistido tanto en que firmara aquellas autorizaciones.
No quería simplemente trabajar en Londres.
Quería marcharse con otra mujer y disponer del dinero de nuestro negocio.
Sentí una mezcla de rabia, tristeza y miedo.
Durante dieciséis años había confiado en él.
Habíamos trabajado juntos.
Habíamos atravesado dificultades económicas.
Y ahora pretendía utilizar nuestra propia empresa para financiar una nueva vida.
Mi primer impulso fue llamarlo y exigirle explicaciones.