Antes de entregarlo al comprador lo sostuve un momento contra la palma.
No se lo conté a nadie.
Con todo reuní cuarenta y dos mil pesos.
Le escribí la cantidad a Oso porque él llamaba los domingos y ya no quería mentir cuando preguntaba cómo estaba.
Me respondió esa noche.
Gracias por avisarme. ¿Cómo sigue Margarita?
Le mandé una fotografía.
Iván contestó desde su teléfono con un corazón y una advertencia: que nadie se atreviera a venderla sin consultarlo.
Sonreí por primera vez en varios días.
En el pueblo, sin embargo, seguían hablando.
Una vecina me preguntó si aquellos hombres me habían pedido las escrituras. Otra dijo que seguramente volverían por algo.
En la tienda, una conversación se apagó cuando entré.
Compré harina y salí con una vergüenza que me enojó sentir.
Yo no había hecho nada malo.