Abrí mi puerta a seis motociclistas durante una tormenta y el pueblo dijo que me quitarían todo; semanas después, cuando el banco estaba por quedarse con mi rancho, escuché regresar sus motores… pero esta vez eran ciento doce

Dos días después llegó Carlos Treviño, el encargado del banco que llevaba mi expediente.

Se limpió los zapatos en el escalón y miró las marcas de las motos.

—Supe que tuvo compañía.

—Sí.

—A su edad hay que tener cuidado.

Lo dejé terminar.

Después sacó unos documentos.

El convenio vencía en abril. También podía vender el terreno antes y evitar el proceso posterior, explicó.

La cantidad que ofrecían apenas alcanzaba para cubrir la deuda y dejarme algo con qué mudarme.

—El mercado está complicado —añadió.

Miré hacia el encino.

—Mi esposo está enterrado aquí.

Treviño acomodó los papeles.

—Entiendo que hay un vínculo emocional.

No le pedí que entendiera.

Le pedí que se marchara y me dejara una copia actualizada del saldo.

Las semanas siguientes fueron difíciles.

Vendí una desbrozadora, herramientas que ya no utilizaba y el reloj que Manuel se ponía los domingos.

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