Yo quise decir que no podía aceptar tanto.
Miré sus manos, todavía sucias de trabajo, y no terminé la frase.
Les di las gracias.
Una vez.
Después otra, porque la primera no me pareció suficiente.
Al día siguiente fui al banco con Oso y Lorena.
No llegaron ciento doce motocicletas a intimidar a nadie.
Entramos tres personas con documentos y un pago.
Treviño nos recibió en su escritorio.
Revisó la referencia del convenio, verificó la cantidad y nos acompañó a completar el trámite.
Yo no aparté la vista de los papeles.
Cuando terminó, Lorena pidió el comprobante y la confirmación del saldo liquidado, además de las indicaciones para liberar la garantía.
Guardé todo en una carpeta.
Antes de levantarme, Treviño dijo que se alegraba de que hubiera conseguido resolverlo.
Lo miré.
—Yo también.
No necesitaba otra conversación con él.