Abrí mi puerta a seis motociclistas durante una tormenta y el pueblo dijo que me quitarían todo; semanas después, cuando el banco estaba por quedarse con mi rancho, escuché regresar sus motores… pero esta vez eran ciento doce

Algunas de las mismas vecinas que habían murmurado terminaron sirviendo café junto a los motociclistas.

No todos pidieron disculpas.

Pero se quedaron a trabajar.

Yo acepté aquello como un comienzo.

Al caer la tarde, Lorena nos llamó a la cocina.

Sobre la mesa había sobres, recibos y una calculadora.

Las aportaciones previas de los distintos grupos, sumadas a lo reunido aquel día, daban ciento cincuenta y nueve mil pesos.

Con mis cuarenta y dos mil, llegábamos a doscientos un mil.

No entendí la suma al principio.

Pedí que la repitiera.

Después miré a Oso.

—Alcanza.

Asintió.

—Alcanza.

Me cubrí la cara.

Llevaba meses imaginando camiones llevándose los muebles, buscando dónde vivir y pensando cómo despedirme del encino.

No había imaginado aquel momento.

Iván puso un billete arrugado junto a la calculadora.

—Faltaba el mío.

Lorena lo anotó con el mismo cuidado que los demás.

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