Algunas de las mismas vecinas que habían murmurado terminaron sirviendo café junto a los motociclistas.
No todos pidieron disculpas.
Pero se quedaron a trabajar.
Yo acepté aquello como un comienzo.
Al caer la tarde, Lorena nos llamó a la cocina.
Sobre la mesa había sobres, recibos y una calculadora.
Las aportaciones previas de los distintos grupos, sumadas a lo reunido aquel día, daban ciento cincuenta y nueve mil pesos.
Con mis cuarenta y dos mil, llegábamos a doscientos un mil.
No entendí la suma al principio.
Pedí que la repitiera.
Después miré a Oso.
—Alcanza.
Asintió.
—Alcanza.
Me cubrí la cara.
Llevaba meses imaginando camiones llevándose los muebles, buscando dónde vivir y pensando cómo despedirme del encino.
No había imaginado aquel momento.
Iván puso un billete arrugado junto a la calculadora.
—Faltaba el mío.
Lorena lo anotó con el mismo cuidado que los demás.