Tenía que volver a casa.
Llevé el comprobante hasta el encino.
Me senté junto a Manuel y le conté del tractor, del maíz y del muchacho que había aprendido a ordeñar viendo videos para no decepcionar a Margarita.
También le conté del reloj.
Eso me hizo llorar otra vez.
El dinero sobrante quedó reservado para semillas, reparaciones y una revisión del plan de producción. Un vecino aceptó ayudar con la siembra a cambio de una parte de la cosecha.
No pretendí que a mis setenta y cuatro años podía volver a hacerlo todo sola.
Aprendí a pedir ayuda antes de estar al borde de perderlo todo.
Los domingos, a veces, la casa volvió a llenarse.
Ernesto tocaba el piano.
Juana llevaba pan.
Iván discutía con Margarita, que seguía ganando.
Una tarde, Oso me ayudaba a cerrar el portón cuando le confesé: