Solté una risa cansada.
—Lo sabe mejor que yo. Me llaman cada semana.
Le expliqué el convenio. Le mostré los pagos anteriores y el saldo pendiente.
No quería que creyera que aquella cifra había aparecido de repente. Llevaba meses vendiendo lo que podía, aceptando pequeños encargos y estirando mi pensión.
Pero el rancho producía menos desde que Manuel enfermó.
El tractor estaba parado.
La mitad del terreno llevaba dos temporadas sin sembrarse.
Y yo no tenía fuerzas para hacerlo todo.
Oso escuchó sin interrumpir.
Después dobló la carta y me la devolvió.
—Gracias por contármelo.
Eso fue todo.
No prometió salvarme.
En ese momento se lo agradecí más que cualquier promesa.
Antes de irse, uno de los hombres se acercó al piano.
Era Ernesto, el más callado.
—¿Puedo?
Estuve a punto de decir que no.
Luego miré sus manos, quietas sobre las rodillas.