—Eso no es suyo.
La dejó inmediatamente sobre la mesa.
—Perdón. Pensé que era del tractor.
No levanté la vista.
Durante la enfermedad de Manuel habíamos pedido un préstamo y dejado el rancho como garantía. Entre traslados, cuidados y meses sin trabajar, la deuda nos había alcanzado.
Había logrado un convenio.
Debía reunir ciento ochenta mil pesos antes del primero de abril.
Oso leyó la cifra desde donde estaba.
—¿Cuánto tiene?
—No le estoy pidiendo dinero.
—No dije eso.
Me aferré al borde del fregadero.
La cocina seguía oliendo a café. Afuera, Margarita golpeaba una cubeta. Todo parecía igual que una hora antes.
Pero ya no podía esconder la carta.
—Cuando se vayan —le dije—, voy a empezar a decidir qué animales vendo primero.
Oso acercó una silla, pero no se sentó hasta que yo lo hice.
—¿El banco sabe que está intentando pagar?