Asentí.
Tocó despacio, como si también él tuviera miedo de despertar algo.
Reconocí un bolero que Manuel solía tocar mal, repitiendo siempre el mismo pasaje hasta que yo le gritaba desde la cocina que los vecinos iban a reclamar.
Me senté junto al marco de la puerta.
Lloré sin esconderme.
Nadie intentó detener la música.
Cuando terminó, Iván se acercó a despedirse.
Me entregó una pequeña figura de una vaca que había tallado en un pedazo de madera del cobertizo.
Tenía una oreja más grande que la otra.
—Es Margarita.
—Entonces le falta cara de mandona.
Se rio y me abrazó.
Oso fue el último.
—¿Podemos llamarla de vez en cuando?
—Siempre que no sea para que les mande caldo por paquetería.
Me besó la frente.
Después escuché alejarse las seis motocicletas hasta que la casa volvió a quedarse en silencio.