Quizá había una razón legítima.
Pero había una cosa que no podía ignorar.
Greta había dicho que tenía miedo.
Y yo conocía a mi hija.
Ella no se asustaba fácilmente.
Cuando llegué al campamento, Karen me estaba esperando junto a la recepción.
En cuanto me vio, caminó hacia mí.
—Gracias por venir.
—¿Dónde está Greta?
—En mi oficina.
—Quiero verla.
Karen asintió.
Abrí la puerta.
Greta estaba sentada en una silla, abrazando su mochila.
Cuando me vio, corrió hacia mí.
La abracé con tanta fuerza que sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—Lo siento.
—No tienes nada por lo que disculparte.
La separé suavemente para mirarla.
—¿Te hizo daño?
Negó con la cabeza.
—No.
—¿Te gritó?
—No.
—¿Te obligó a hacer algo?
Otra negación.
Respiré un poco mejor.
—Entonces dime qué ocurrió.
Greta miró a Karen.
La administradora cerró la puerta.
—Puedes hablar.
Mi hija abrió lentamente su mochila.
Sacó un pequeño cuaderno.
—Encontré esto en el coche.
—¿Qué es?
—No lo sé.
Abrí la primera página.
No era un cuaderno escolar.
Había nombres escritos.
Fechas.
Direcciones.
Y varias anotaciones.
Pasé una página.
En la parte superior había una fecha de hacía tres semanas.
Debajo aparecía mi nombre completo.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué está mi nombre aquí?
Greta negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pasé otra página.
Aparecía mi lugar de trabajo.
Mi horario.
Incluso los días en los que hacía turnos nocturnos.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Quién escribió esto?
Greta miró el cuaderno.
—Owen.
Karen se acercó.
—Hay algo más.
Señaló la última página.
Había una frase escrita con tinta negra.
“Cuando la madre esté fuera, será más fácil.”
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué significa esto?
Karen negó con la cabeza.
—No lo sabemos.
Greta apretó mi mano.
—Mamá…
—¿Sí?
—Hay algo que no te he contado.
Me agaché frente a ella.
—Puedes contarme cualquier cosa.
—Cuando Owen me dejó en el campamento…
Hizo una pausa.
—Volvió a entrar.
La miré fijamente.
—¿Volvió?
—Sí.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—¿Cuánto tiempo estuvo dentro?
—Unos cinco minutos.
—¿Y después?
—Me dijo que iba a volver más tarde.
Sentí un escalofrío.