—¿Volver por ti?
Greta asintió.
—Pero después me dijo algo raro.
—¿Qué?
Greta miró hacia la puerta.
—Me dijo que si alguien preguntaba por él, tenía que decir que nunca había estado en la casa.
—¿Qué casa?
—La casa donde estuvimos antes de venir aquí.
Karen frunció el ceño.
—¿Estás segura?
Greta asintió.
—Sí.
Entonces Karen sacó su teléfono.
—Hay otra razón por la que la llamé.
Me mostró la pantalla.
Era una fotografía tomada por una de las cámaras de seguridad del campamento.
Owen aparecía entrando con Greta.
Todo parecía normal.
Pero Karen había ampliado la imagen.
En la mano de Owen había un sobre.
No era un sobre cualquiera.
Tenía mi nombre escrito.
Y debajo de mi nombre aparecía una dirección que reconocí inmediatamente.
La dirección de mi casa.
Karen me miró.
—Lo encontramos después de que él se marchara.
—¿Dónde?
—En el suelo, junto a la recepción.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
—¿Lo abrió?
—No.
Karen me entregó el sobre.
Lo miré durante unos segundos.
Mi nombre estaba escrito con la letra de Owen.
Pero antes de que pudiera abrirlo, mi teléfono vibró.
Era un mensaje.
De Owen.
Solo decía:
“No confíes en Karen. Ella no te está contando toda la verdad.”
Levanté lentamente la mirada.
Karen estaba frente a mí.
Greta estaba a mi lado.
Y por primera vez desde que conocía a Owen, una idea aterradora comenzó a tomar forma.
Tal vez el hombre que había llevado a mi hija al campamento no estaba intentando esconder un secreto de mí.
Tal vez estaba intentando asegurarse de que yo nunca descubriera quién había contratado realmente a Owen.