Mi madre no llegó ayer de ningún viaje. Mi madre llegó hace tres días, dejó su bolsa azul en una residencia de cuidados paliativos a quince calles de su casa, y ayer representó su llegada en la estación con una maleta prestada, para que yo no tuviera que hacer preguntas.
Cogí las llaves del coche porque ya lo había entendido, y porque entenderlo en voz baja, en su cocina, era imposible.
Dejé a la vecina sentada en el salón con instrucciones de que si mamá se despertaba me llamara antes de decirle nada, y conduje hasta Santa Rita con las fotografías ardiéndome en el bolsillo como arden las pruebas.
La directora no pareció sorprenderse de verme. Eso fue lo primero que me partió.
—Su madre nos dijo que probablemente vendría alguien de la familia antes del domingo —me dijo, acompañándome a un despachito con dos sillas y una ventana al jardín—. No nos dijo quién. Creo que ni ella lo sabía. Solo nos pidió que, si venía, no le mintiéramos. «En mi casa ya se ha mentido bastante por amor», dijo. Palabras suyas.Su madre tiene cáncer de estómago. Me lo dijo así, sin rodeos, porque se lo había ordenado una mujer de ochenta años que ha firmado cada papel de su propio final con la letra clara de sus años buenos. Diagnóstico: hace cuatro meses. Pronóstico reservado desde el principio. Hace ocho meses que mamá falta, de vez en cuando, a cosas pequeñas —una merienda, una misa, una tarde de repostería— y yo lo atribuía a la edad, que es el cajón donde guardamos todo lo que no queremos mirar.