Elvira solo me había escrito: «Ya veremos».
No lo había tomado como una amenaza. Estaba en una habitación, con la niña a mi lado, intentando aprender cada sonido que hacía.
Ahora estaba en la escalera de nuestro edificio, con la pulsera del hospital todavía en la muñeca.
—Hemos vuelto a casa —dije—. Tengo que cambiarla y ponerla en su cuna.
Elvira apoyó la palma en el marco de la puerta.
—En tu casa haces lo que quieras. Aquí no me recibes tú con horario.
Miré por encima de su hombro.
—Adrián, di algo.
Él bajó la vista hacia el bolso de la maternidad. Lo sostenía por el asa, aunque podía haberlo dejado en el suelo. No me respondió.
En el coche me había enseñado una foto de la cuna. Le había puesto la sábana de nubes y había movido la lamparita para que me quedara a mano por la noche. Me había dicho que estaba deseando que llegáramos.