Cuando volví de la maternidad con mi hija de tres días, mi suegra había cambiado la cerradura y había sacado mis cosas en bolsas negras

Me aferraba a esas palabras. El hombre que me había escuchado hablar de nuestra primera noche con Sofía no podía estar ahora allí parado sin abrir la puerta.

—¿Has cambiado la cerradura? —le pregunté a Elvira.

—Esta mañana. Si tú decides quién entra y quién no, yo también puedo decidirlo.

Tenía la llave de repuesto desde hacía meses. Adrián se la había dado para emergencias. Cuando le dije que me habría gustado hablarlo antes, se había encogido de hombros: era su madre, ¿qué podía pasar?

Sofía se movió en mis brazos. Le sostuve mejor la cabecita y estiré la mantita sobre sus piececitos. En la escalera hacía calor, pero yo sentía un frío en la espalda.

—Déjame entrar con la niña. Lo hablamos después.

Mi suegra no se movió. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Veía una esquina de la cuna y la toallita que había dejado a su lado antes de irme. Sofía tenía todo preparado a dos metros de nosotras. Yo no podía cruzar el umbral.

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