—La casa es de mi hijo, tú aquí eres solo una inquilina. Este apartamento es de la familia Duarte. No vas a venir tú a decirme que no puedo estar cerca de mi hijo y de mi nieta.
—No te he prohibido ver a tu nieta.
—Me dijiste que no viniera. Para mí es lo mismo.
Tenía treinta y dos años y llevaba tres días siendo madre. Por la mañana me preocupaba si la había abrigado demasiado, si le sostenía bien la cabeza, si sabría arreglármelas. Jamás se me habría ocurrido preguntarme si podría entrar en mi casa.
Volví a mirar a Adrián. En el camino desde el hospital me había pedido que le mandara la foto en la que sostenía a Sofía por primera vez. La había puesto de fondo en su teléfono.