Cuando volví de la maternidad con mi hija de tres días, mi suegra había cambiado la cerradura y había sacado mis cosas en bolsas negras

No le di tiempo de buscar una excusa. La niña se removía y los brazos empezaban a dolerme.

—Abre la puerta del todo, Adrián. Entramos.

Sujetó el borde de la hoja. Elvira se volvió hacia él para frenarlo, pero esta vez él no bajó los ojos. «Apártate, mamá», le dijo. Ella se echó a un lado, refunfuñando que otra vez le echaban la culpa de todo.

Pasé a su lado y fui directa al dormitorio. Cambié a Sofía y me senté con ella en la cama. Adrián se quedó en la puerta. Su madre le seguía hablando desde el recibidor, como si yo no estuviera:

—Mira cómo te da órdenes. Hoy a mí, mañana a ti. ¡En tu propia casa!

Levanté la vista hacia mi marido.

—Trae la carpeta del apartamento. Está en el cajón de abajo del recibidor.

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