Cuando volví de la maternidad con mi hija de tres días, mi suegra había cambiado la cerradura y había sacado mis cosas en bolsas negras

Me miró un instante y fue a buscarla. No tuvo que buscar mucho: allí guardaba desde hacía cuatro años los papeles, junto a las garantías de los electrodomésticos y los recibos de la comunidad. Nunca los había escondido.

Cuando Sofía se durmió, la acosté boca arriba en la cuna. Adrián me tendió la carpeta y saqué el contrato de compra y la nota registral que guardaba junto a él.

—Hace cuatro años insististe en que fuera yo quien pidiera la hipoteca —le dije a Elvira—. Para que tu hijo no empezara la vida con deudas. Eso dijiste.

—¿Y qué? Lo hiciste por vosotros.

—Por la vivienda que compré yo. Antes de casarnos.

Le mostré el nombre del comprador y la fecha. Nuestra boda había sido un año después. En el registro figuraba yo, sola. El préstamo estaba en la misma carpeta, aunque no era ese el papel que le tenía abierto delante.

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