Elvira se puso las gafas y siguió la línea con el dedo. Luego miró a Adrián.
—¿Tú no sales aquí?
—No, mamá. Mónica compró el apartamento.
—¡Pero os casasteis! ¡Sois la familia Duarte!
—Y tú metiste mi ropa en bolsas —dije—. Me llamaste inquilina y cerraste la puerta delante de tu nieta.
Recogí los papeles y los guardé de nuevo. Ahora me temblaban las manos, no por algo que acabara de descubrir, sino porque había tenido que demostrar mi derecho a entrar en el lugar donde había preparado a mi hija para volver a casa.
—Yo solo quería ayudaros —dijo Elvira—. Pero si no queréis mi ayuda…
—Te di las gracias y te pedí unos días a solas. Decidiste que por eso tenías que castigarme. Ahora deja las llaves y vete.
Se volvió hacia Adrián, esperando. Él tenía una mano en el marco de la puerta, casi en el mismo sitio donde antes la había tenido ella.