Me llevé una mano al labio. Había sangre. Graciela no se movió. Karla tampoco. Las dos miraban como si el golpe hubiera sido parte normal de una conversación familiar.
Y en ese instante entendí algo terrible: Sofía no estaba en peligro por accidente. Sofía estaba en peligro porque todos en esa casa creían tener derecho sobre ella.
Sin decir una palabra, entré al cuarto, saqué una maleta y empecé a guardar documentos.
Acta de nacimiento.
Cartilla médica.
Pasaportes.
Ropa.
Mi tarjeta de ahorro.
El conejo de peluche de Sofía.
Graciela me siguió hasta la puerta.
—Si sales con esa niña, no regreses llorando.
La miré con una calma que hasta a mí me asustó.
—No pienso regresar nunca.
Pedí un taxi. Mauricio estaba en Monterrey por trabajo, así que le mandé un solo mensaje:
Tu papá me golpeó. Tu mamá rapó a Sofía porque la acusaron de robar una pulsera.