Su respuesta llegó casi de inmediato.
Mi mamá se alteró. Regresa, pídele perdón y no hagas un escándalo. Somos familia.
Leí el mensaje tres veces.
Después lo bloqueé.
Esa noche, en un cuarto barato cerca de Viaducto, Sofía se quedó dormida abrazada a mi mano. Cada pocos minutos murmuraba:
—Yo no robé.
Le acaricié la cabeza rapada con los ojos llenos de lágrimas.
Entonces recordé algo.
Dos años antes, cuando contratamos a una niñera por unas semanas, yo había instalado una cámara pequeña detrás de unos libros en la sala del departamento.
La habíamos olvidado.
Pero quizá la cámara no nos había olvidado a nosotros.
Abrí la aplicación desde mi celular, con las manos temblando.
En ese momento yo creía que solo iba a probar que mi hija era inocente.
No podía imaginar que esa cámara había grabado algo mucho más oscuro que una pulsera perdida.