Después de años sin preocuparse por mí, mi madre me hizo la tercera llamada de toda mi vida: “Confiesa que atropellaste a ese hombre y salva a tu hermano”. En las otras dos me había exigido mi sueldo y el departamento que pagué con tres años de trabajo. Esta vez colgué sin discutir. Pensé que todo había terminado, hasta que la policía recuperó un video que escondía algo mucho peor.

Llevaban mucho tiempo preparando algo contra mí.

Y todavía no sabía hasta dónde habían llegado.

PARTE 2

Me quedé mirando la licencia falsificada sin poder mover las manos.

—Esa fotografía se la envié a mi madre el año pasado —expliqué—. Me dijo que necesitaba actualizar unos documentos del seguro familiar.

El agente, de apellido Rivas, anotó mis palabras.

—Vamos a verificar el registro oficial y el origen del documento. Mientras tanto, necesitamos comprobar dónde estuvo anoche.

Les conté todo.

Salí del trabajo a las seis, compré jitomates, huevos y arroz en una tienda cercana y entré a mi edificio a las seis veintiséis. Después preparé la cena, me bañé y recibí la llamada de mi madre a las nueve trece.

El accidente había ocurrido antes de esa llamada.

—Mi edificio tiene cámaras y registro electrónico de acceso —añadí—. Pueden comprobar que no salí.

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