Sofía escuchó un movimiento.
Miró por la rendija.
Álvaro tenía una mano en la cintura de Martina.
Luego la besó.
No como alguien que comete un impulso.
Como un hombre que conoce perfectamente los labios que está besando.
Sofía retrocedió.
Curiosamente, aquello ya no consiguió romperla.
Algo dentro de ella se había roto mucho antes.
Quizá la noche del accidente.
Quizá cada vez que firmó un documento porque Álvaro le decía:
“Confía en mí.”
Quizá cada cumpleaños en el que Nicolás rechazaba sus abrazos mientras ella se preguntaba qué estaba haciendo mal como madre.
A las 12:15 llegó el notario acompañado por una empleada del despacho.
Álvaro preparó la reunión en el gran salón de la casa.
Había café, agua y una carpeta de cuero frente a Sofía.
—Siéntate aquí, cariño.
Él la condujo tomándola del codo.
Ella permitió que lo hiciera.
—Solo tienes que firmar en 3 sitios.
—¿Qué estoy firmando?
Álvaro suspiró.
—Ya lo hemos hablado.
—No lo recuerdo.
—Son cuestiones fiscales.
El notario intervino.
—Señora Beltrán, naturalmente puedo leerle el documento completo.
Álvaro contestó antes que ella.
—No hace falta. Mi mujer confía plenamente en mí.
Sofía sonrió.
—Precisamente por eso quiero escucharlo.
Martina dejó de mover la cucharilla.
Álvaro apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Sofía, esto puede ser muy pesado para ti.
—Tengo tiempo.
El notario comenzó.
Participaciones societarias.
Derechos de administración.
Inmuebles.
Poderes.
Cesiones.
A los pocos minutos, Álvaro lo interrumpió.
—Creo que ya es suficiente.
Sofía inclinó la cabeza.
—No.
El salón quedó en silencio.
Ella colocó ambas manos sobre la mesa.
—Quiero saber por qué debo renunciar a mis derechos sobre 4 edificios en Madrid, una finca en Segovia y determinadas participaciones de Beltrán Patrimonio.
Álvaro dejó de respirar durante un instante.
Martina palideció.
—¿Quién te ha dicho esos nombres? —preguntó él.
Sofía giró lentamente la cabeza.
No hacia su voz.
Directamente hacia sus ojos.
—Por cierto, esa corbata azul te queda mejor que la gris que llevabas ayer.
La empleada del notario abrió la boca.
Martina soltó la taza.
Álvaro se levantó.
—¿Puedes ver?
Sofía lo observó sin pestañear.
—Perfectamente suficiente.
Él movió una mano delante de su cara.
Ella siguió el movimiento.
—¿Desde cuándo?
—Desde que el niño que tú llamas mi hijo me empujó por las escaleras.