Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

La relación llevaba casi un año.

Cuando quedó embarazada, le exigió que dejara de esconderla.

Santiago le prometió que se divorciaría antes del nacimiento del bebé.

El problema era que yo poseía una participación pequeña, pero importante, dentro de la empresa familiar.

No podía simplemente expulsarme.

Además, una separación conflictiva habría abierto preguntas incómodas sobre varios movimientos de dinero que Santiago había hecho desde cuentas corporativas.

Así que consultó a un abogado.

Necesitaba que yo firmara un acuerdo.

Pero sabía que, en condiciones normales, jamás aceptaría renunciar a todo.

Por eso decidió destruirme primero.

—La idea era tener fotos tuyas conmigo —admitió Mateo—. Nada demasiado claro al principio. Tú dormida, yo abrazándote… después otras más comprometedoras.

Sentí ganas de vomitar.

—¿Y las marcas?

Mateo cerró los ojos.

—Eso fue culpa mía.

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