Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

—Mírame.

No quiso.

—¡Mírame!

Finalmente levantó la cabeza.

—Santiago decía que solamente acomodara tu cuerpo para las fotos. Pero algunas veces… me aproveché.

Tuve que apretar los dientes.

No quería llorar frente a él.

No allí.

—¿Cuántas veces?

—Cuatro.

Las mismas cuatro veces que yo había despertado adolorida.

—¿Santiago lo sabía?

Mateo tardó demasiado en responder.

—La segunda vez vio una marca y me reclamó.

—Pero siguió mandándote por mí.

—Sí.

Aquella palabra terminó de destruir cualquier resto de duda.

Mi esposo sabía que su hermano había cruzado límites conmigo.

Y en lugar de detenerlo, solamente había ordenado que fuera más cuidadoso.

—¿Qué pensaban hacer hoy?

Mateo respiró profundamente.

—Tomar fotos aquí. Luego Santiago iba a confrontarte mañana. Quería decirte que llevaba meses sospechando de nosotros. Después te enseñaría las imágenes y te diría que si no firmabas el acuerdo, enviaría todo a tus papás y al consejo de administración.

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