—Mírame.
No quiso.
—¡Mírame!
Finalmente levantó la cabeza.
—Santiago decía que solamente acomodara tu cuerpo para las fotos. Pero algunas veces… me aproveché.
Tuve que apretar los dientes.
No quería llorar frente a él.
No allí.
—¿Cuántas veces?
—Cuatro.
Las mismas cuatro veces que yo había despertado adolorida.
—¿Santiago lo sabía?
Mateo tardó demasiado en responder.
—La segunda vez vio una marca y me reclamó.
—Pero siguió mandándote por mí.
—Sí.
Aquella palabra terminó de destruir cualquier resto de duda.
Mi esposo sabía que su hermano había cruzado límites conmigo.
Y en lugar de detenerlo, solamente había ordenado que fuera más cuidadoso.
—¿Qué pensaban hacer hoy?
Mateo respiró profundamente.
—Tomar fotos aquí. Luego Santiago iba a confrontarte mañana. Quería decirte que llevaba meses sospechando de nosotros. Después te enseñaría las imágenes y te diría que si no firmabas el acuerdo, enviaría todo a tus papás y al consejo de administración.