Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

—¿Fernanda sabía?

—No todo.

—¿Qué le contó?

—Que tú eras inestable. Que bebías mucho. Que habían intentado separarse, pero tú lo amenazabas con destruir la empresa.

Sentí una extraña calma.

Hasta su amante había recibido una versión fabricada de mí.

Todo el mundo necesitaba creer que Santiago era la víctima.

Guardé el teléfono.

—Quiero que repitas lo que acabas de decir frente a Mauricio.

Mateo empezó a llorar.

—Sofía, yo te pido perdón.

—No quiero tu perdón.

—Mi hermano siempre me ha mantenido. Me paga el departamento, el coche…

—Eso explica por qué obedeciste. No lo justifica.

Mauricio se acercó.

Mateo volvió a contar la historia, esta vez mirando directamente a la cámara.

Cuando terminamos, salí del estacionamiento acompañada por Mauricio.

Él me aconsejó no regresar sola.

Yo tenía otro plan.

Necesitaba mirar a Santiago a los ojos una vez más.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *