Pero antes fuimos con mi abogada, Verónica.
Llevaba días compartiéndole copias de cada documento.
Cuando escuchó la confesión de Mateo, dejó el celular sobre su escritorio.
—Esto ya no es simplemente un divorcio.
—Lo sé.
—No firmes nada que Santiago te ponga enfrente. No lo amenaces con publicar material. No negocies sola con él. Vamos a documentar todo y presentar la denuncia correctamente.
Asentí.
Eso era exactamente lo que quería escuchar.
No buscaba una escena de venganza que después pudiera volverse contra mí.
Quería consecuencias reales.
Aquella noche regresé al departamento.
Santiago estaba sentado en el sofá.
Al verme entrar, se levantó.
—¿Qué pasó? Mateo me llamó y dijo que hubo un problema.
Me quedé observándolo.
Qué increíble era descubrir que una cara podía seguir siendo la misma y, al mismo tiempo, pertenecer a un desconocido.
Decidí actuar.
Me cubrí la cara y empecé a llorar.