Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

—Tu hermano intentó aprovecharse de mí.

Santiago abrió los ojos.

—¿Qué?

Me abrazó.

Tuve que controlar todo mi cuerpo para no apartarlo.

—Me llevó a un hotel.

—¡Ese desgraciado!

Actuaba tan bien que por un instante comprendí cómo había logrado engañarme durante años.

Se separó de mí.

—Voy a hablar con él.

—No.

—Sofía, es mi hermano.

—Precisamente por eso quiero que estés aquí conmigo.

Me miró unos segundos.

Vi miedo.

No preocupación.

Miedo.

—¿Recuerdas todo lo que pasó? —preguntó.

Ahí estaba.

La pregunta que necesitaba escuchar.

No preguntó si Mateo me había lastimado.

No preguntó dónde estaba.

No preguntó si necesitaba un médico.

Preguntó cuánto recordaba.

Bajé la mirada.

—No mucho. Tengo partes borrosas.

Su cuerpo se relajó.

Fue apenas un movimiento.

Pero lo vi.

Me acarició el cabello.

—Seguramente fue el estrés. Descansa. Mañana pensamos qué hacer.

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