Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Esa noche dormí con la puerta cerrada y Mauricio estacionado afuera del edificio.

A las nueve de la mañana llegaron Verónica y otro abogado de su despacho.

Santiago apareció en la sala usando una camiseta y pantalón deportivo.

—¿Qué hacen aquí?

Me senté frente a él.

Sobre la mesa coloqué tres carpetas.

Por primera vez ya no necesitaba fingir.

—Siéntate, Santiago.

Él no lo hizo.

—¿Qué significa esto?

Encendí la grabación.

La voz de Mateo llenó la sala.

“Ya está dormida otra vez.”

Después apareció la voz de Santiago.

“Tráela. No le dejes marcas.”

Su cara perdió color.

Apagué el audio.

—También tenemos la confesión de Mateo de anoche.

Silencio.

Coloqué sobre la mesa las fotografías de los estados de cuenta.

—Ciento ochenta mil pesos para tu hermano.

Después, las transferencias a Fernanda.

—Renta. Estudios médicos. Gastos del embarazo.

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