Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Santiago tragó saliva.

Coloqué las fotografías tomadas por Mauricio.

Él besando a Fernanda afuera del departamento.

—Y, por último, tus correos con el abogado donde planeabas presionarme con imágenes fabricadas para que renunciara a mis acciones.

—Sofía…

—Todavía no termino.

Saqué la copia del expediente médico.

—Hay constancia de mis episodios de pérdida de memoria y de que acudí a revisión antes de la última trampa.

Luego mostré la botella que Mateo me había dado.

—Esto se entregará para análisis.

Santiago se sentó.

No porque yo se lo ordenara.

Porque sus piernas dejaron de sostenerlo.

—Puedo explicarlo.

—Eso mismo dijo tu hermano.

—Fue idea suya.

Solté una carcajada.

—Mateo tiene tus depósitos. Tus llamadas. Tus instrucciones.

Santiago comenzó a llorar.

—Me equivoqué.

—No.

Me acerqué a la mesa.

—Equivocarse es olvidar un aniversario. Equivocarse es decir algo cruel durante una discusión. Tú planeaste durante meses drogarme, utilizar a tu hermano, humillarme y hacerme creer que yo estaba perdiendo la memoria por cansancio.

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