Horas después abandonó el departamento voluntariamente para quedarse en otro lugar mientras los abogados acordaban medidas provisionales.
La denuncia siguió su curso.
No hubo una escena mágica donde alguien fuera condenado en veinticuatro horas.
La realidad fue más lenta.
Declaraciones.
Peritajes.
Análisis.
Abogados.
Preguntas que me hacían repetir momentos que yo habría preferido olvidar.
Pero cada vez que sentía deseos de rendirme, recordaba la voz de Santiago:
“No le dejes marcas.”
Y continuaba.
Mateo decidió colaborar.
Su abogado sabía que existían demasiadas pruebas.
Entregó conversaciones, recibos y mensajes donde Santiago le indicaba cuándo recogerme y cuánto medicamento debía poner en el agua.
También reconoció que varias veces había tocado mi cuerpo sin mi consentimiento.
Escuchar aquella declaración fue una de las experiencias más humillantes de mi vida.
Pero también fue el momento en que dejé de preguntarme si quizá yo estaba exagerando.