Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Horas después abandonó el departamento voluntariamente para quedarse en otro lugar mientras los abogados acordaban medidas provisionales.

La denuncia siguió su curso.

No hubo una escena mágica donde alguien fuera condenado en veinticuatro horas.

La realidad fue más lenta.

Declaraciones.

Peritajes.

Análisis.

Abogados.

Preguntas que me hacían repetir momentos que yo habría preferido olvidar.

Pero cada vez que sentía deseos de rendirme, recordaba la voz de Santiago:

“No le dejes marcas.”

Y continuaba.

Mateo decidió colaborar.

Su abogado sabía que existían demasiadas pruebas.

Entregó conversaciones, recibos y mensajes donde Santiago le indicaba cuándo recogerme y cuánto medicamento debía poner en el agua.

También reconoció que varias veces había tocado mi cuerpo sin mi consentimiento.

Escuchar aquella declaración fue una de las experiencias más humillantes de mi vida.

Pero también fue el momento en que dejé de preguntarme si quizá yo estaba exagerando.

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