Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

No.

Había sucedido.

Yo no estaba loca.

Yo había sido engañada deliberadamente.

Una semana después llamé a Fernanda.

Al principio no quiso escucharme.

—Santiago me dijo que eres obsesiva —respondió—. Que llevaban meses separados emocionalmente.

—Entonces pregúntale por qué necesitaba drogarme para conseguir el divorcio.

Hubo silencio.

Le envié solamente dos cosas.

Una fotografía de una transferencia a Mateo.

Y el fragmento de audio donde Santiago daba instrucciones.

Fernanda me llamó veinte minutos después llorando.

—Me dijo que tú tenías un problema con medicamentos.

Cerré los ojos.

Hasta eso había preparado.

—No tengo nada contra ti —le dije—. Pero cuida lo que firmas y lo que crees.

Ella terminó su relación con Santiago pocos días después.

No sé qué ocurrió entre ellos posteriormente.

Tampoco quise saberlo.

Yo tenía mis propios problemas.

Durante la revisión de las cuentas empresariales apareció otro desastre.

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