Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Parte del dinero usado para pagar el departamento de Fernanda, a Mateo e incluso algunos gastos legales había salido de cuentas relacionadas con la compañía.

El consejo pidió una auditoría.

Santiago intentó justificarlo como anticipos y gastos de representación.

No pudo.

Fue apartado temporalmente de decisiones financieras mientras se investigaban los movimientos.

Mis acciones nunca desaparecieron.

Al contrario.

Lo que él había querido obligarme a entregar terminó convirtiéndose en la razón por la que otros socios comenzaron a revisar cada cosa que él había hecho.

Meses después logramos cerrar el divorcio mediante un acuerdo revisado por ambas partes y sin renunciar yo a derechos que me correspondían.

No fue la victoria cinematográfica que algunas personas imaginan.

No hubo aplausos.

No salí de un tribunal mientras alguien me entregaba una corona.

Salí agotada.

Había perdido peso.

Dormía mal.

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