Durante semanas no pude aceptar una botella abierta de nadie.
Si un automóvil detenía el motor en un estacionamiento subterráneo, mi corazón comenzaba a golpearme el pecho.
Pero estaba libre.
Tiempo después vendí voluntariamente una parte de mi participación empresarial y conservé otra.
Con ese dinero compré un departamento más pequeño.
Nada de pisos enormes ni ventanales de revista.
Dos recámaras.
Una cocina luminosa.
Un balcón desde donde se veían las montañas cuando el cielo de Monterrey estaba despejado.
La primera noche allí compré una mesa plegable, una pizza y una botella de agua.
La abrí yo misma.
Ese gesto tan sencillo me hizo llorar.
No por tristeza.
Por control.
Durante mucho tiempo Santiago había conseguido que yo desconfiara de mi propio cuerpo.
Me decía que los dolores eran imaginación.
Que la somnolencia era agotamiento.