Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Que mi incomodidad con Mateo era sensibilidad exagerada.

Cada explicación parecía pequeña.

Razonable.

Inofensiva.

Hasta que todas juntas formaron una jaula.

Un año después volví a conducir de noche.

Antes evitaba hacerlo.

Aquella tarde manejé desde Monterrey hasta Santiago, Nuevo León, para visitar a una amiga.

Cuando regresé, la carretera estaba oscura y las luces de los autos pasaban a mi lado.

Por un momento recordé aquellos viajes en los que despertaba sin saber dónde había estado.

Apreté el volante.

Pero esta vez yo conocía el camino.

Yo había elegido salir.

Yo había elegido regresar.

Yo decidía dónde detenerme.

Al estacionarme frente a mi edificio permanecí unos segundos dentro del auto.

Después sonreí.

Pensé en la Sofía que una vez se había mirado al espejo preguntándose si estaba siendo paranoica.

Quise abrazarla.

Quise decirle que su cuerpo había intentado advertirle antes de que su mente estuviera preparada para aceptar la verdad.

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