Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

Y yo necesitaba saber hasta dónde llegaba aquella pesadilla.

Lo que descubrí a la mañana siguiente fue tan monstruoso que la grabación terminó pareciéndome apenas el comienzo.

PARTE 2

Esperé hasta que Santiago salió rumbo a la oficina.

Luego entré a su despacho.

Durante dos años respeté aquel cuarto como si fuera territorio sagrado porque él siempre decía:

—Aquí tengo documentos delicados de la empresa.

Su familia era dueña de una compañía de importación y logística, y después de casarnos Santiago me había incorporado como accionista minoritaria mediante un acuerdo familiar.

También habíamos firmado capitulaciones y varios convenios privados.

Hasta aquella mañana jamás imaginé que esos papeles pudieran tener relación con lo que me estaba ocurriendo.

En un libro grueso encontré un recibo de farmacia.

Medicamento: zolpidem.

La receta estaba a nombre de Mateo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *