Después de cuatro viajes con mi cuñado, cuatro lagunas de memoria y marcas que aparecían en mi cuerpo sin explicación, le pregunté a mi esposo qué estaba pasando. Él sonrió: “Deja de imaginar cosas”. No volví a preguntarle. Esa misma noche guardé una grabadora secreta en mi bolso, y cuando escuché las palabras “no le dejes marcas”, supe que ambos habían cometido un error enorme.

La fecha coincidía con la semana en que comenzó a recogerme.

Sentí náuseas.

Seguí buscando.

Dentro de un sobre encontré estados de cuenta.

10 de marzo: transferencia de 180,000 pesos a Mateo.

Concepto: “servicios”.

14 de febrero: 60,000 pesos a Fernanda R.

15 de marzo: “estudios médicos”.

28 de marzo: “renta departamento”.

5 de abril: “gastos embarazo”.

Me quedé congelada frente a esa última palabra.

Embarazo.

En otro folder encontré fotografías impresas.

Santiago saliendo de una clínica privada junto a una mujer joven, embarazada, sosteniéndola de la cintura.

En la parte posterior alguien había escrito:

“Fernanda. Consulta. 12 de marzo.”

Ya no tenía una amante solamente.

Estaba esperando un hijo con ella.

Pero todavía faltaba entender por qué necesitaba drogarme.

La respuesta apareció en el último sobre.

Había correos impresos de un abogado.

Uno decía:

“Necesitamos evidencia suficientemente comprometedora para presionar la negociación. No depende únicamente de una acusación de infidelidad; el objetivo es que ella acepte retirarse del convenio accionario y firme la separación en condiciones favorables.”

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