Mateo bajó la ventanilla.
—Sube, cuñada.
Me senté.
Cinco minutos después me entregó una botella abierta.
—Toma. Debes estar cansadísima.
Sonreí.
Bebí aparentemente un trago, pero conservé el líquido en la boca y lo escupí discretamente dentro de la bolsa cuando él miró hacia el tráfico.
Quince minutos después dejé caer la cabeza sobre el asiento.
—Sofía…
No respondí.
Mateo me llamó otra vez.
Nada.
Entonces escuché una llamada.
—Ya cayó —dijo.
La voz de Santiago respondió por el altavoz:
—Llévala al lugar de siempre. Esta noche necesitamos las fotos definitivas.
Sentí que me ardían los ojos, pero no me moví.
Casi cuarenta minutos después entramos al estacionamiento subterráneo de un hotel.
Mateo apagó el motor.
Escuché cómo se ponía unos guantes.
El asiento comenzó a reclinarse.
Y cuando sus dedos tocaron el primer botón de mi blusa, abrí los ojos.