Después de encontrar a una madre y a su hijo solos en la carretera, el millonario les ofreció techo pese a que su propia familia esperaba heredar millones. “Mañana desapareceremos de su vida”, prometió la mujer. Pero al amanecer él abrió la habitación y vio una escena que lo dejó helado; minutos después sacó del cajón un testamento de años atrás, porque acababa de comprender quién llevaba tiempo engañándolo…

—¿Y cuando no pudiste?

—Me presionaron.

La secuencia quedó clara: las preguntas sobre el testamento, el poder amplísimo, las llamadas a Laura, la oferta ridícula por el terreno.

—Vete —dijo Alejandro.

Rodrigo salió dando un portazo.

Esa noche, Laura encontró a Alejandro en la cocina a oscuras.

—Podrías denunciarlo.

—Todavía no ha hecho nada que podamos probar como delito. Lo demás es miserable, pero ser miserable no siempre es ilegal.

Al día siguiente llegó Esteban Salgado, su abogado. Recomendó revisar el testamento, blindar los documentos patrimoniales, dejar constancia médica y notarial de que Alejandro comprendía perfectamente sus decisiones y no firmar nada sin testigos.

Alejandro aceptó.

El notario acudió la semana siguiente. Un especialista independiente certificó que Alejandro estaba consciente y plenamente capaz de decidir.

Rodrigo desapareció casi un mes.

Mayo fue brutal. El nuevo tratamiento dejó a Alejandro sin fuerzas. Laura trabajaba varios días desde casa y lo acompañaba sin tratarlo como un inválido.

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