Mateo tenía su propio método.
Se asomaba a la habitación.
—¿Hoy estás mal o medio mal?
—Medio mal.
—Bueno. Mañana vuelvo a preguntar.
Un día Alejandro se rió tanto que terminó tosiendo.
—Ese niño no sabe tener lástima.
—Por eso te cae bien —respondió Laura.
A mediados de junio, los estudios mostraron que el crecimiento del tumor se había detenido otra vez.
No era una cura. Nadie habló de milagros. Pero habían pasado ocho meses desde aquel pronóstico de pocos meses y Alejandro seguía caminando por su jardín.
Esa tarde Mateo apareció con un pequeño manzano.
—Prometiste que lo íbamos a plantar.
—Pues hoy.
Los tres cavaron un hoyo. Mateo sostuvo el tronco, Laura acomodó la tierra y Alejandro explicó cómo dejar espacio para las raíces.
—¿Va a crecer mucho? —preguntó el niño.