Después de encontrar a una madre y a su hijo solos en la carretera, el millonario les ofreció techo pese a que su propia familia esperaba heredar millones. “Mañana desapareceremos de su vida”, prometió la mujer. Pero al amanecer él abrió la habitación y vio una escena que lo dejó helado; minutos después sacó del cajón un testamento de años atrás, porque acababa de comprender quién llevaba tiempo engañándolo…

Alejandro le prestó el dinero. Laura encontró un departamento pequeño cerca de una guardería y se fue con Mateo.

Antes de salir, el niño abrazó a Churro.

—¿Podemos volver a ver al tío Alejandro?

—Cuando quieran —respondió él.

Esa noche, Rodrigo escribió a Laura:

“Mi tío está enfermo y vulnerable. Sus bienes son un asunto familiar. Espero que entienda que ciertas decisiones podrían no reflejar lo que realmente quiere.”

Laura contestó:

“Nosotros ya nos fuimos. El préstamo será pagado. No busco nada de su tío.”

Un mes después devolvió hasta el último peso.

Pero no dejó de visitar a Alejandro.

En diciembre, el segundo ciclo de quimioterapia lo golpeó con fuerza. Zulema, la mujer que limpiaba la casa desde hacía años, llamó a Laura.

—Rodrigo vino con unos documentos. Después de que se fue, don Alejandro no habló durante dos días.

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