Laura condujo hasta Tequisquiapan.
—¿Qué quería que firmaras?
—Un poder para “administrar” mis propiedades.
—¿Administrar o disponer?
—Vender, mover cuentas, firmar operaciones. Todo.
Laura dejó el cuchillo sobre la mesa.
—No vuelvas a recibirlo solo.
Alejandro sonrió apenas.
—Eso mismo dijo mi abogado.
Después confesó que pensaba modificar su testamento. Rodrigo recibiría una parte limitada; el resto iría a beneficencia.
En enero, Rodrigo llamó directamente a Laura.
—Una mujer sola con un hijo puede ver a un hombre rico y enfermo como una oportunidad.
Laura guardó silencio.
—Acaba de decirme algo muy ofensivo. No vuelva a llamarme.
Colgó.
Semanas después, la quimioterapia estabilizó el cáncer. Mateo volvió a jugar damas con Alejandro y por primera vez logró ganarle.
La calma duró poco.
Patricia, la amiga a cuya casa Laura había intentado llegar aquella primera noche, la buscó con una advertencia. Su esposo había trabajado en el municipio y había escuchado rumores sobre un terreno de doce hectáreas que Alejandro poseía cerca de una futura zona logística.